Cuándo la ansiedad deja de ser normal
La ansiedad cumple una función: nos prepara para responder ante una amenaza. Todos la sentimos ante situaciones difíciles, exámenes, entrevistas o problemas de la vida diaria, y eso no es patológico.
Cuando deja de ser normal la consideramos un trastorno, y se caracteriza por estar constantemente preocupado por situaciones futuras que quizá todavía no están pasando, o de las que ni siquiera tenemos la certeza de que vayan a pasar. La mente se adelanta a escenarios que no existen y el cuerpo responde como si ya estuvieran ocurriendo.
La ansiedad no son solo preocupaciones
Es un error frecuente pensar que la ansiedad es únicamente mental. Afecta varias áreas concretas de la vida.
El sueño
Las preocupaciones aparecen justo antes de dormir, cuesta trabajo conciliar el sueño, hay despertares a lo largo de la noche, o uno despierta antes de la hora habitual sin poder volver a dormir.
La alimentación
Puede ir en dos direcciones opuestas. Algunas personas comen de más buscando controlar el malestar o la preocupación; otras pierden el interés en la comida y notan una disminución del hambre.
El cuerpo
Esta es la parte que más confunde a los pacientes. Los síntomas físicos de la ansiedad son reales, no imaginados. Los más habituales son:
- Lumbalgia, es decir dolor en la espalda baja
- Tensión en hombros, espalda y músculos de la nuca
- Dolor de cabeza
- Sensación de vacío en el estómago en momentos de estrés
- Cambios en el tránsito intestinal: estreñimiento o diarrea
Antes de asumir que es ansiedad
Siempre conviene descartar causas médicas que producen síntomas parecidos: alteraciones tiroideas, problemas cardíacos o del equilibrio. Si ya tienes estudios normales y los síntomas continúan, una evaluación psiquiátrica tiene mucho sentido. Y si resulta ser ansiedad, eso no la vuelve menos real: significa que tiene un tratamiento efectivo.
Los ataques de pánico
Algunos pacientes viven episodios súbitos de ansiedad muy intensa que llamamos ataques o crisis de pánico. Se caracterizan por un miedo inminente de morir, la sensación de que algo terrible está a punto de ocurrir, o el temor de estar perdiendo el control.
Durante el episodio pueden presentarse:
- Aceleración del corazón
- Presión u opresión en el pecho
- Sensación de falta de aire a pesar de estar respirando con intensidad
- Pérdida de fuerza en manos o piernas
- Sudor frío
- Temblor
Suelen durar alrededor de cinco minutos y pueden presentarse varias veces al día. Son profundamente desagradables, pero no son peligrosos en sí mismos: el cuerpo está activando una respuesta de alarma completa sin que exista una amenaza real.
Si es tu primer episodio
Un primer cuadro de dolor en el pecho con falta de aire debe valorarse médicamente para descartar causas cardíacas antes de atribuirlo a ansiedad. Una vez descartado lo médico, el abordaje psiquiátrico y psicoterapéutico es el camino.
Las fobias
Otra forma común de ansiedad son las fobias: miedos intensos y desproporcionados hacia situaciones, animales u objetos específicos. Pueden desencadenar exactamente los mismos síntomas que se viven en la ansiedad generalizada o en los ataques de pánico, y responden al mismo tipo de tratamiento.
Cuándo buscar ayuda
El criterio no es la intensidad del malestar, sino el impacto en tu funcionamiento. Es momento de una valoración cuando los síntomas empiezan a causar problemas en la vida personal, social, laboral o académica.
En la práctica, esto suele verse cuando la persona deja de hacer actividades cotidianas: salir a la calle, ir a comprar la despensa, permanecer en el trabajo, usar el transporte público, asistir a reuniones. Cuando la ansiedad empieza a decidir por ti qué haces y qué evitas, ya hay motivo suficiente para atenderla.
Tratamiento de la ansiedad
El tratamiento ideal suele ser la combinación de terapia cognitivo-conductual y medicamento.
Terapia cognitivo-conductual
A diferencia de lo que muchas personas piensan, la TCC no consiste en exponerse sin sentido a las cosas que nos estresan o dan miedo. El trabajo consiste en entender nuestra historia de vida y las creencias sobre nosotros mismos que nos han hecho susceptibles a la ansiedad, y a partir de ahí modificar los patrones que la sostienen.
La exposición, cuando se usa, es gradual y planeada. Y el proceso se acompaña de técnicas de relajación que permiten regular la ansiedad por cuenta propia, que es en última instancia el objetivo del tratamiento.
Antidepresivos
Los medicamentos que se utilizan para tratar la ansiedad a largo plazo son los antidepresivos. Puede sonar contradictorio, pero tiene una explicación clara.
En la ansiedad, una parte del cerebro llamada amígdala —nuestro centro del miedo— se encuentra muy reactiva. Para calmar esa región se necesitan niveles altos de serotonina en el cerebro, y por eso en la mayoría de los casos se requieren dosis algo más elevadas que las que se usan para tratar depresión.
Benzodiacepinas
El uso de las conocidas benzodiacepinas —clonazepam, alprazolam, lorazepam— actualmente se restringe a la fase inicial del tratamiento, con el objetivo de controlar rápido los síntomas mientras los antidepresivos hacen efecto.
Se busca siempre la dosis mínima efectiva para no causar somnolencia ni sedación excesiva. Estos medicamentos sí tienen potencial de uso nocivo y de dependencia, pero utilizados de la manera correcta, en márgenes de tiempo cortos y bajo la supervisión de un especialista, son seguros.
El pronóstico es bueno
Los trastornos de ansiedad están entre los que mejor responden al tratamiento en toda la psiquiatría. El trastorno de pánico en particular tiene muy buen pronóstico con terapia cognitivo-conductual. El objetivo no es depender de un fármaco indefinidamente, sino recuperar la capacidad de manejar la ansiedad con herramientas propias.